Y así, mientras seguimos paseando nuestra pequeñez allí por donde pisemos; mientras continuamos exhibiendo altivos ese torpe muestrario de miserias que nos distingue como un absurdo pin; mientras nos obstinamos puntualmente en negar la tragedia inevitable; mientras esto ocurre yo me acomodaba como mejor podía en el pequeño asiento del Plaza “a La Plata por autopista”. Prescindí de casi todos los pasajeros, reservando mi atención intermitente para dos niños de imaginación centelleante que me obsequiaron –sin reparar demasiado en este cronista- un número desbordante de humor y ternura. En algún momento decidí mirar a través de la ventanilla; una vez más la ciudad, nocturnal, magnificente, velada por mil luces de neón y que dejábamos atrás en busca de otra, pequeña y más apacible; las últimas paradas, algunos viajando de pie, un pesado silencio sólo atravesado por las ocurrencias y risotadas de los pequeños, único signo vital en ese colectivo. Estaba cansado, hambriento e incómodo, así que intenté olvidarme de las demandas fisiológicas retomando un ejercicio mental que, ensoñado, había cobrado forma días atrás en mi ahora añorada habitación. Imaginaba que un supuesto entrevistador me interrogaba acerca de cuál de mis películas era la que más me gustaba. Ésa era la excusa, y mi respuesta silenciosa parecida a lo que sigue: * “Ninguna me satisface más que parcialmente, y esto en el mejor de los casos. Atención, lejos de mí la postura de “artista” rebelde e inconforme, ingenua fachada y reverso de una vanidad inconfesable. Cierto es que, si amamos lo que hacemos, nunca estamos del todo complacidos con el resultado final de nuestras creaciones. Pero más allá de esta obviedad, lo que me sucede particularmente es que no encuentro en uno solo de mis films el equivalente de una obra que me genere al menos una atendible sensación de plenitud, un acabado que me conforte sensiblemente por la solidez de lo logrado. ¿O sí? A ver, quizá “Perversiones sexuales de un terapeuta”, por su cohesión formal y narrativa, pueda generarme cierto bienestar, a caballo, sobre todo, de algunos progresos en el dominio de la técnica y de la construcción del relato. Sin embargo “Los desviados”, aun filtrada por dificultades y falencias de las que quizá “Perversiones…” carezca o las posea en menor medida, “Los desviados” decía, se me vuelve más valiosa por el tono de hastío y decadencia en que pretende y se embebe, llevando a término el retrato –he ahí su acierto- de un puñado de seres abúlicos, endogámicos, que han construido un endeble y silenciado mundo puertas adentro. “Las fantasías de… Sr. VIVACE” por su parte, posee una frescura inusitada y esboza las primeras muestras de un humor -cuya sutileza se agiganta en la comparación- que no estorba sino, por el contrario, habita la excitación sexual a la que el film propende. La primera secuencia de este opus iniciático es sencillamente excelente Smithers, mientras que las siguientes, aun conservando ciertas bondades hasta el final, no logran ponerse a la altura de aquel inmejorable comienzo. Otra cuestión medular en “…VIVACE” es la incorporación reminiscente de estereotipos rancios del género, para subvertirlos en favor del despliegue de una sexualidad vigorosa, juguetona. Luego vendría “El profeta”, gran descalabro, una completa defección gracias a torpezas propias –sobre todo- y ajenas, a la que me cuesta encontrarle algún ítem rescatable. Que no lo encuentro, y dedicarme a señalar su colección de desaciertos ni siquiera merece la pena. La respuesta revulsiva a aquel desastre: “2176. Clones bisex”, previsiblemente la película más incomprendida del porno vernáculo. Azarosa, temeraria, traccionada por un genuino y acentuado afán experimental (acompañado del más insano por exiguo presupuesto), no encontraremos en ella, o sólo en dosis tan homeopáticas como aisladas, imágenes que aguijoneen nuestra libido ni que nos hagan pensar en la posibilidad de hacerles justicia con una buena paja… aunque nunca se sabe, y hay para todos. Su potencia ha de buscarse en el abordaje temático (¿futurista? ¿retrofuturista? ¿qué pretende esta película? ¿pretende, desea?); su puesta minimalista, con algo de teatral; la imagen infectada por filtros que asfixian la pantalla y hostilizan a sus tres lejanos habitantes, y una involuntaria alusión a los relatos primordiales. Sórdida, anémica, cabalmente bizarra, “…Clones…” parece la pauperización sci-fi de una tragedia griega. De paso, se ubica en una coordenada que pone en discusión su misma condición de film porno, cuestionada por un aparente desdén en cautivar al espectador desde el sexo, y tal vez –nada está claro en este film- sí hacerlo a través del lenguaje de la ciencia-ficción. Qué decir de “Pornumental Jone's”… la considero una película sobria, a media luz, con ciertos pasajes sexualmente estimulantes, y, gran virtud, propiciadora de un encuentro raramente íntimo entre el espectador y los entrevistados de esta experiencia documental. Y sin embargo, a pesar de parecerme una producción tan sólo correcta, es la que mejor ha funcionado comercialmente, y la que más elogios ha recibido de entre las pocas devoluciones (a)críticas con que habitualmente se regala a las porno argentinas. Ninguna paradoja, desde ya. En cuanto a “Euge no duerme”, es para mí, visto en retrospectiva, el intento de satisfacer afanes exploratorios pero sin renegar del género sino hundiéndose por sus aberturas. Lo más flojo: la tonta decisión de demarcar el tránsito “realidad-realidad otra ” a través de ingenuos artilugios audiovisuales. Luego, un entramado altamente atractivo: la solitariedad introspectiva de la protagonista en medio de la gigantesca metrópoli (bellamente fotografiada), las resonancias de la nouvelle vague y el cine psicotrónico de los ‘70, y algunos pasajes de indagación sexual memorables, como la secuencia desarrollada en el ascensor de un edificio que no parece conducir a ningún lugar cierto; todo ello nos habla, cuando menos, de un extraño fulgor que parece confluir en la mirada abismada de esa joven de rostro marmóreo que no descansa. También es de hacer notar que otras secuencias del film pierden intensidad y, a desventajoso cambio, ganan en morosidad luego de comienzos de estimulante inquietud. Por otro lado, la incertidumbre respecto del deseo de los personajes, el no poder precisar hacia dónde se dirigen en su derrotero pulsional, es quizá la característica clave y saliente del film (y a lo mejor, enhorabuena, de LPsexxx todo). En todo esto pensaba antes de llegar a La Plata y no le había concedido la importancia que merece al hecho de que, contradiciendo mi habitual mala suerte en la materia, a mi lado iba sentada una linda chica con camisa blanca y perfil de animé. Una vez que el destino me sonríe y yo sumido en estas cavilaciones… por favor. * Lo dicho a continuación en el marco de un corpus endeble, careciente y frágil, cuando no risible...
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Mi amiga Agustina me había invitado a su casa. Vivía con su familia. Estábamos desnudos sobre un colchón, por cuyas sábanas revueltas se podía inferir que habíamos dormido allí. Desnudos, ¿ya lo dije? De súbito aparece la hermana de Agustina -originaria del sueño-, rubia, gordita, muy atractiva. "Qué buena que está, ¿mirá vos?", dije para mis adentros. Sin solución de continuidad, compartimos un almuerzo con la familia entera de mi amiga, que se completaba con sus progenitores. Su padre era un científico especializado en manipulaciones genéticas y biotecnología. De pronto, nuevamente en el que, supongo, es el cuarto de Agustina. Tenía muchos gatitos, me resultaban de a ratos simpáticos y luego cada vez menos soportables. Aparentemente cachorros, eran creación de papá genetista, mininos inusitadamente cabezones e hiperinteligentes, algunos incluso hablaban. Todos rasguñaban, muy molestos. A Agus, extrañamente hippie, parecía no importarle. También nuestras desnudeces le tenían sin cuidado; yo en cambio, previsiblemente caliente. Agus camina a mi lado, sonriente, siempre desnudos. Noto que no hay mujeres entre los clones, y se lo hago saber. Me informa que han sido comercializadas en el marco de una operación de trata de blancas. Me horrorizo vagamente. Acto seguido me pregunto si Agustina se serviría sexualmente de estos jóvenes, que sin embargo daban más bien la impresión de niños seráficos prefreudianos. Opté por la discreción y, sin más preguntas, continuamos nuestra caminata.
César Jones, noviembre de 2005.
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